El viaje

Era el último edificio a la derecha de la vista que ofrecía aquel pequeño pueblo pesquero. mirando desde el mar. Allí acababa la calle principal y la prolongación no era otra cosa que el muelle de embarque protegido por un rompeolas compuesto por grandes rocas, que eran un refuerzo a la lengua de tierra que conformaba un puerto natural donde las embarcaciones se protegían del Mar del Norte al este de Escocia. Se llamaba Stonehaven. Hoy es una gran ciudad.
Aquel edificio, hoy día el museo Tolbooth, era entonces un almacén y taller de reparación de embarcaciones y también albergaba una pequeña taberna que los lugareños conocían como la Danish Cavern o también la Taberna del Vikingo.

Taberna parecida a la del relato y con un nombre relacionado, pero en Edimburgo.


En lo más profundo del local y frente a una entrada sin puerta con unas cortinas mas sucias que raídas y que medio ocultaban la cocina, había una especie de mostrador de no mas de metro y medio de ancho y unos sesenta centímetros de profundidad, donde el tabernero preparaba las jarras de cerveza y otras bebidas que se consumían en sendas mesas cercanas a las paredes en las cuales se apoyaban largos bancos. Bajo ellas alguna banqueta o taburete.
No solía ser un lugar aglomerado. Solías ver como mucho una docena o docena y media de personas. Algunas, seguían la costumbre de llevarse sus paquetes de comida para acompañar las bebidas que era lo único que servían.
Apestaba. Era un lugar mal ventilado, iluminado con lámparas de grasa de ballena. Era sucio, poco ruidoso pero con un permanente murmullo y con una perpetua atmosfera cargada de los humos de las pipas a los que se sumaban los que desprendía la cocina.
Allí me ocurrió algo que no puedo olvidar en modo alguno. Simplemente escuché una conversación inclasificable que intentaré resumir.
Amparado por mi condición de extranjero llegado con barco mercante español, aquellos lugareños estaban convencidos de que no entendía una palabra de su idioma. Ellos no podían saber que doce años atrás había contraído matrimonio con una viuda de una aldea cercana a Gorebridge al sur de Edimburgo y que a estas alturas además de enseñarme la lengua de los hombres con faldas, ya me había dado dos hijas. Vivíamos en en España, concretamente en Finisterre. Pero yo solo seguía las instrucciones de mi patrón que llevaba un cargamento de carne de cerdo salada y además aprovechaba la estancia para hacer reparar unos aparejos estropeados. Me había indicado con gran precisión e insistencia que no hablara ni una sola palabra que no fuera el gallego. Recibí alguna que otra burla mientras pedía mi bebida, pero luego el tabernero y sus clientes me dejaron en paz. Son gente hospitalaria y a los pocos días, mi presencia era normalizada, recibía saludos y algún que otro intento de conversación. Yo seguía con mi teatro. Me situé en una mesa bajo una lámpara y con un libro frente mío, aunque no leía, solo lo aparentaba. Debía esperar que mi patrón me recogiera, después de sus gestiones.
El ruido fue bajando de intensidad, así como también menguó la presencia de marineros. Pero a metro y medio de mi humanidad, dos individuos tenían una conversación. Uno hablaba sin cesar, mientras que el otro escuchaba absorto y totalmente despreocupados del lector que tenían cerca y que afinaba los oídos con cada vez más atención.

Aquel individuo pelirrojo de unos cincuenta años de edad relataba a su amigo una historia de unas misteriosas luces en el mar frente a Hall Bay a pocas millas de Stonhaven y que se aproximaron a su barca de pesca, después de que él, solo en medio de una colosal tormenta y después de haber perdido sus dos compañeros, quedó exhausto de luchar con las olas y herido en una pierna. Vio las luces que lo envolvieron, poco antes de desfallecer. Jamás supo lo que ocurrió después; solo que despertó sano y salvo en el pueblo . Había sido socorrido por otros pescadores, pero ellos decían que no vieron herida alguna en su pierna; solo desmayado y exhausto. En el Ayuntamiento se apuntó en la bitácora, el accidente el día 7 de febrero de 1719.
Pero él en su relato insistía vehementemente en su herida y que aquellas luces le llevaron a un lugar desconocido y que en ese lugar vio muchos amaneceres.

—No puede ser un sueño. Un sueño no lo recuerdas con tal nivel de detalles— argumentaba tratando de convencer a su interlocutor.

—Era un lugar con la noche más luminosa que puedas imaginar. Las calles y los edificios tenían grandes farolas con lámparas que no ardían. Estaba lleno de extraños carruajes sin caballos que transitaban por calzadas pintadas con rayas blancas y amarillas. Muchas personas montaban una especie de caballerías de dos ruedas, cuyas cabezas desprendían luz y que bramaban a su paso para perderse rápidamente en la distancia. Juro por Dios que vi grandes pájaros de metal de cuyo interior salían filas de personas. Vi las gentes que caminaba, hablando solos constantemente y otros se colocaban un extraño objeto luminoso en sus oídos. Otros miraban ese objeto como hechizados por su luz que parecia dejarlos absortos y en algunos de ellos se podía escuchar como sonaban sonidos exóticos que no sabría describir. Juro por Dios que algunos se montaban en un artilugio con ventanas que desaparecía por enormes tubos, bajo las calles. Otros tubos estaba adosados en paredes transparentes de edificios que se perdían en las nubes. Al subirse a esos tubos, aquellas gentes ascendían a gran velocidad.

—Aquellos seres eran de poca estatura y tenían los ojos rasgados— Prosiguió, mientras su amigo parecía cada vez mas interesado y curioso. Eran viejos amigos y aunque muy asombrado, parecía dar crédito al relato que escuchaba.
—Hombres y mujeres vestían de modo descarado y hablaban un idioma cuyas letras más parecían dibujos que letras. No podía entender absolutamente nada.

Se acercó el tabernero a ofrecerme si quería beber más. Me hice el loco hasta que por signos concertamos una nueva jarra de cerveza. Me di cuenta de que esta escena tranquilizó aún más a los vecinos que continuaron su charla despreocupadamente, más convencidos aún de que ni les escuchaba, ni les entendía

Y tu ¿Qué hacías? —interpeló el amigo
—Nada. Era una situación que me ocasionaba mucha ansiedad. Parecían no verme y yo estaba preocupado por no tener sed ni hambre. Aún así bebí una agradable bebida que robé en una pequeña tienda. Era una botella de un cristal que no pesaba apenas y que no se rompía. Todo era muy raro.
Mucho ruido, mucha luz, mucho movimiento. Muchísimas personas.
Veía pasar los días y las noches y me acurrucaba en algún rincón; descansaba pero no dormía. Me llegué a preguntar si se podía soñar dentro de un sueño…
Podría estar explicándote muchas más cosas, pero aún no sé si me crees.
—No se que pensar—le dijo el el amigo, tratando de encender una pipa con una vela, mientras juraba demonios por que se llenó de cera.

Te entiendo —prosiguió. —Mañana salimos a la mar; a la vuelta te contaré todo lo que acaeció cuando las luces me trajeron de vuelta. Lo último que recuerdo, es un enorme letrero muy luminoso con letras de una luz brillante. Ocupaba toda la fachada de uno de esos edificios tan increíblemente altos. Tenía unas letras que reconocí; se podía leer “Ricoh” pero no sé que significa. Fue entonces cuando aparecieron las luces, aun más brillantes e indescriptibles que me trajeron de vuelta.

…continuará 14/9/21

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