La feria de Scarborough

Allan no podía conciliar el sueño. Su grado de excitación y ansiedad era más fuerte que las treinta y seis millas luchando con dos caballos y un vetusto carro por los caminos que llevan desde las cercanías de Castle Hills hasta la costa, en las afueras de Scarborough.
La noche estaba extendiendo su manto oscuro y no era buena idea intentar llegar hasta el interior de la aldea. En estos tiempos agitados, podían ser fácilmente confundidos con unos bandidos. Era preferible dejar los animales atados a la Piedra de Na Nog y esperar el amanecer después de una cena a base de carne ahumada, pan de centeno y un buen cuenco de cerveza. Andrew, el tío de Allan completó la cena con unos cuantos lingotazos del whisky casero que junto con otras mercancías llevaban para comerciar en la feria.
Ahora que no nos escucha nadie, déjame decirte que el tío estaba tan o más ansioso que Allan.
Ya empezaba a sentirse mayor y viudo como era y sin hijos, tenía grandes deseos de ver a su sobrino casado y con suerte, antes de llegar a la ancianidad, podría disfrutar de la descendencia de su familia brincando por el pajar de la granja. Andrew había educado a Allan desde su infancia, cuando unos forajidos arrancaron de cuajo la vida de sus padres. A cambio la familia pactó la propiedad de unos terrenos que pudo añadir a los suyos.
Allan y Andrew, asistían asiduamente a las ferias, pero esta vez había un motivo especial. Iban a reunirse con la familia de Elsie, una hermosa joven de cabellos encendidos, casi siempre recogidos en largas trenzas y que conformaban un moño alto, muy cómodo para el trabajo y que dejaba a la vista un cuello que tenía la capacidad de hipnotizar a Allan. Su familia era numerosa y Elsie tenía nada más y nada menos, seis hermanos. Tres mayores y tres menores.
Para nuestro amigo, los tres hermanos mayores resultaron ser tres batallas cuyas victorias costaron desde pequeños sobornos hasta auténticos combates que destrozan nudillos. Los pequeños solo requirieron de sobornos, en realidad, más simpáticos que preocupantes.
Pero eso ya era historia, eran batallas ganadas; tanto como el corazón de Elsie que se derretía cuando aquellos profundos ojos del fornido muchacho, se clavaban en los suyos.

No fue fácil dormir, pero algo consiguieron. En las primeras luces de la madrugada, desentumecieron los cuerpos, alisaron melenas, recogieron las pieles y calentaron unas tortas que desayunaron junto a unos huevos revueltos.
La piedra de Na Nog estaba a unas mil yardas de la entrada del pueblo. Era una piedra “desterrada” de un antiguo círculo después de haber sido maldecida por un druida; pero aún así, no todos los vecinos, hubieran visto con buenos ojos que sirviera para amarrar los caballos, así que aceleraron al máximo el levantamiento de su pequeño campamento.
Un par de horas después, nuestros personajes, tenían perfectamente montado su tenderete, compuesto de un repleto mostrador en el que no faltaban hierbas medicinales, ni licores fuertes, además de las carnes desecadas y ahumadas, frutas también desecadas y otras exquisiteces propias de la época y lugar. También presentaban pieles curtidas y algunos utensilios construidos en madera, como cucharones, palas de cocina y mangos de herramientas. Todo ello bajo un toldo de una tela basta impregnada en grasas para conseguir un cierto grado de impermeabilidad.

La familia de Elsie, eran los “restos” de los Cameron, masacrados años después de las guerras jacobinas y que habían abandonado las Tierras Altas de Escocia para desplazarse hasta Scarborough donde curiosamente fueron acogidos y prosperaron. De eso ya hacía mucho tiempo. Eran herreros y ciertamente trabajaban el metal con mucha pericia. Tenían su taller en un extremo de la plaza donde se celebraba la feria y allí se dirigió Allan sin perder un instante. La tradición decía que el pretendiente no podía entrar en la casa hasta el momento de la petición, así que el recurso empleado no fue otro que silbar una corta melodía que los jóvenes ya tenían pactada. Era un “te quiero” que volaba por la plaza y que solo ellos podían entender.
Fueron dos días de miradas furtivas desde los sendos puestos de la feria. De vez en cuando, si el trabajo lo permitía, los novios paseaban, eso sí, solo por la plaza. Estaban en un estado de nerviosismo que trataban de apaciguar el uno hacia la otra y la otra hacia el uno con rocambolescos planes de futuro, muchas sonrisas y alguna carcajada quizás demasiado sonora.

Por fin llegó la tercera jornada. La feria se clausuraba a las doce en punto y las familias habían pactado que Allan y Andrew guardarían su carro y los caballos en la propiedad de los Cameron. El patio y las cabrerizas eran más que suficientes. Después comenzaría el banquete y en el inicio, la petición formal de mano.
Lo que la pareja no sabía, era que la complicidad de los seis hermanos de la hermosa novia, tenía dimensiones astronómicas. Con toda la discreción del mundo y sin que a nadie se le escapara ni una palabra, ni una mirada delatadora, habían organizado una juerga, como diríamos hoy día, “de la leche”

Debían faltar poco menos de dos horas para el mediodía y la correspondiente recogida de tenderetes, cuando la feria, que no tendría mas de una docena de puestos de venta, fue invadida por un grupo de músicos ambulantes y también unos saltimbanquis que aparecieron por una de las entradas a la plaza. Un griterío espectacular llenó el lugar mientras los jóvenes de la aldea y los no tan jóvenes se abalanzaron sobre nuestro pobre Allan y lo mantearon sin piedad. Luego se improvisó una especie de baile y digo “especie” porque más parecía un grupo de monos balanceándose. Pero la cosa se puso un poco mas formal cuando aparecieron un gaitero y luego dos, y luego tres y un par de timbaleros. Había sido una estrategia perfecta por parte de los músicos que reservaron ese plato fuerte para un poco después.
Mientras todo esto sucedía, Elsie había sido secuestrada por la chicas del pueblo. Nadie sabe como pero en un momento, la joven había destrenzado su cabello y lucía ahora su cabellera suelta y extendida, rojiza y esplendorosa.
Se formaron parejas de baile, algunas de ellas suficientemente cómicas como para que algún viejo del lugar acabara con los calzones mojados de la risa. Y como era de esperar, llegó el momento en que la pareja homenajeada, fue conducida hasta el centro de la plaza para bailar una pieza tradicional que seguimos escuchando en el presente: Scarborough Fair. Mientras, docenas y docenas de ojos brillaban húmedos de emoción.

No pasaron dos años y los Cameron que habían perdido la presencia de su hija, tenían ahora a treinta y seis millas un hermoso nieto en Castle Hills. Andrew afrontaba su vejez con muchas más serenidad y los hermanos de Elsie, tenían la excusa perfecta para desperezar a sus caballos en los días de asueto.
La piedra de Na Nog, sigue en su lugar.

Recuerda: A partir del próximo 30 de Octubre, el nombre de dominio asociado a este blog (http://www.ricardpardo.com) dejará de ser operativo y por lo tanto la URL válida será la que sirve WordPress. Es decir:
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Si lo deseas, ya puedes usarlo sin esperar al cambio.




4 comentarios sobre “La feria de Scarborough

  1. Si puede ser verdad que se lee menos, los escritos de los aventureros locos, demuestran que se piensa, la inspiración llega y bonitas historias enganchan a los posibles lectores, que de verdad agradecemos. Dan pie para comentar y comprobar que seguimos vivos, felizmente.
    Si a eso, unimos otras facetas artísticas, y la atracción de la naturaleza, desde los bonsáis a la astrología y los viajes espaciales, el aburrimiento ni está ni se le espera.
    Un placer leerte y saludarte.
    Un abrazo.

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    1. La astrología no; acaso como el romero y solo para darle al plato un toque de sabor. Pero no soy un “creyente” de esa fábrica de zumbados. En realidad, lo que se dice creer, creo en lo que hay antes de poco.
      Otra cosa diferente es la astronomía. Quizás esa es la que querías decir.
      Saludos de colores!

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